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| Phelps (izquierda) toca por delante de Cavic (derecha) la pared y obtiene el oro. Foto: EFE |
vitoria . El séptimo oro de Phelps no podía estar exento de polémica. Ya tuvo que salir al paso de las acusaciones de dopaje, pero en esta ocasión, quien había tocado primero la pared se convirtió en la comidilla del día. Incluso llegó a intervenir la Federación Internacional de Natación para solventar una protesta de la delegación serbia.
Pero una leyenda no se puede fomentar si está exenta de polémica. Y en esa dirección se encamina Michael Phelps. Su séptimo oro. Igualando en metales con el mítico Mark Spitz. 36 años han tenido que transcurrir para que algún nadador relevara a Spitz como el único especialista con siete oros en una misma cita olímpica. Pero Phelps no vio la gesta. Ni siquiera había nacido. La estrella en la que ya se ha convertido nació trece años más tarde de que el californiano sorprendiese al mundo en unos Juegos tristemente recordados. De Munich'72 a Pekín'08.
El estadounidense está a un triunfo de convertirse en el nadador más laureado de la historia. Hoy si gana en el 4x100 estilos (prueba que cierra la natación en estos Juegos a las 04.55 h. de Euskadi), Phelps se coronará como el rey de la natación.
Sin rivales a la vista, el único que le pudo atosigar durante sus paseos en la piscina fue el serbio Mirolad Cavic quien se quedó a una centésima del oro olímpico y de ser el primer nadador en quitarle un triunfo al todoterreno estadounidense.
Siguiendo el ritmo de anteriores finales, los espectadores esperaban que nadando el estadounidense, el récord del mundo de la distancia cayera. Pero no. La igualdad entre los participantes, impidió que se rompieran las marcas mundiales. Pero ganar una final sin rebajar al menos un récord olímpico era un poco pobre. A pesar del sufrimiento y el esfuerzo por lograr el oro, Phelps estableció una nueva marca para los próximos cuatro años que, quizá, el mismo trate de revalidar.
Esta prueba era la más complicada de las dos que le restaban para subir al Olimpo de la natación. Los 100 metros mariposa podían condenarle a los registros de Atenas cuando regresó a Baltimore con seis oros y dos bronces.
La final más difícil, su nombre en juego. Tras los primeros 50 metros, el estadounidense viró en séptima posición. Su sueño se desvanecía.
Mirolad Cavic en primera posición, a un paso del oro. Metros finales. Phelps aprieta. El serbio aguanta la presión de saberse seguido por el estadounidense. Una última brazada, un último suspiro. El primero en poner la mano en la pared es el de casi siempre, un Michael Phelps que sigue hambriento y deseoso de colocarse entre los grandes mitos.
El cronometro marca 50,58 para Phelps y Cavic 50,59. Una centésima. Suficiente para dilucidar al campeón olímpico y dejar el regusto amargo del que se queda con el segundo puesto.
Pocos contaban con el serbio, situaban como el principal rival de Phelps su compatriota Ian Crocker quien saboreó las mieles del bronce al quedarse a una centésima, otra vez una centésima decidiendo, del australiano Andrew Lauterstein que fijó un tiempo de 51,12. El estadounidense firmó 51,13, lejos de los 50,40 de su mejor marca.
El keniata Jason Dunford por el que pocos apostaban logró un meritorio quinto puesto (51,47) por delante del japonés Takuro Fujii (51,50), del ucraniano Andrii Serdinov (51,59) y del representante de Papua Nueva Guinea (51,86) que cerró la clasificación.
Explosión de alegría. A un paso de la gloria. Todo su trabajo en juego en tan sólo 50 segundos. Un abrir y cerrar de ojos. Cerca del cielo. Las dudas sobre quien tocó primero sobrevolarán durante tiempo pero quien se colgó la medalla, fue el de siempre, el que nunca falla, el que espera entrar en el Olimpo.
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