Diario de Noticias de Álava

Conquistadores de letras

Luchan cada día para que la sociedad no les confunda con víctimas del fracaso escolar y para que las letras dejen de molestar en su aprendizaje. Son disléxicos y, en muchos casos, pasan años de calvario hasta que descubren su problema

Izaskun, Carolina -madres de chavales disléxicos- y Pilar, pedagoga, en la fundación.

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Para los disléxicos la vida es cuestión de lograr pequeñas victorias cada día. Domar esa ese que se les resiste o esa ele que se empeña en ser pe . La ortografía para ellos se convierte en un via crucis , situación que se repite con la entonación, que a veces les impide dar al texto el mismo carácter que el resto de sus compañeros. Quizás, eso sea lo peor. Dicen que las comparaciones son odiosas y más en estos casos. La dislexia es difícilmente detectable en muchas ocasiones y eso hace que, en ocasiones, a los afectados se les meta en el saco del fracaso escolar. Y eso es una injusticia porque, según los expertos, en uno de cada cuatro casos, la falta de resultados positivos en el colegio se debe a la dislexia y no a problemas con los estudios.

Las investigaciones señalan que uno de cada diez niños padece dislexia, que es un trastorno biológico -que no una enfermedad- que tiene que ver con la dificultad a la hora de leer. A veces puede aparecer la disgrafía (se relaciona con las complicaciones en la escritura) y otras, la discalculia (problemas con las matemáticas). El caso es que desde la Fundación Nuevas Clases Educativas se trabaja para que estas dificultades vayan a menos. Para que la conquista de las letras sea cada vez más accesible y para que el mundo de la educación sea comprensivo con quienes padecen estas dificultades.

Entre los afectados por dichos trastorno está Jonathan, el hijo de Carolina, que ha pasado todo un infierno, con acoso en el colegio incluido, hasta que en esta asociación -que se encuentra ahora en la avenida de La Ilustración, 62- le ayudaron a superar las barreras. "Es mucho más que un problema de letro-escritura. Mi hijo repitió segundo, le hicieron una valoración y me dijeron que tenía un muro y que había que aguantar hasta que lo saltara. Cuando les dije lo de la dislexia, me tomaron por loca y no me hicieron caso", recuerda. Entonces acudió a la fundación donde, después de un año de aprendizaje, logró aprobar el curso "menos euskera e inglés".

Precisamente, los idiomas son los principales obstáculos para ellos. "Son niños inteligentes, con buenos rendimientos en asignaturas de lenguaje no escrito. Es un trastorno invisible porque los profesores no suelen darse cuenta y lo achacan a vagueza y a falta de interés", explica la pedagoga del centro, Pilar Núñez. Es aquí donde llega el segundo problema para ellos. Porque además de notar las dificultades a la hora de leer y escribir correctamente, comienzan a notar la presión en el colegio y en casa. "Mi hija me dijo que no iba a aprender nunca a leer. Luego, según la niña fue creciendo, la profesora decía que no estudiaba y yo la machacaba. Según más lo hacía, más se hundía. Hasta que llegó a no lavarse, ni cortarse las uñas, ni salir de casa", recuerda con angustia Izaskun sobre su hija Alaitz, que ahora ya tiene 18 años.

Esa desazón es compartida por su amiga Carolina, que conoce de primera mano los efectos que puede generar el desconocimiento del trastorno en los chavales. Tanto que los disléxicos a veces llegan a encerrarse en su propio mundo para no tener que hacer frente a una sociedad que no comprende algo contra lo que ellos luchan cada día. De hecho, Jonathan, que ya tiene 12 años, considera que "es una persona rara y lo será siempre" porque así le apodaron en su anterior escuela, de la que se fue ante la falta de atención a su peculiaridad y a las continuas palizas denunciadas que le propinaba uno de sus compañeros.

"un monstruo" Una solución que Carolina adoptó después de oír hablar "de un niño que no era el mío. Yo les decía que a ver si se habían confundido porque mi hijo siempre ha sido muy maduro y recogido. Como que con tres años ordenaba los juguetes por tamaño y color y yo pensé sólo que era muy ordenado. Ahí tenía que haber notado que algo era diferente", recuerda. A Izaskun esa historia le suena mucho. Tanto que cuando en la escuela le dijeron que Alaitz se subía por las mesas y se portaba muy mal "pensé que a ver si tenía un monstruo porque en casa no era así", rememora. Pero luego llegaban las notas y los suspensos se acumulaban, por lo que ella volvía a presionarle para que estudiara más. "Yo estuve con una depresión tremenda. Sólo hablar del tema me temblaban las piernas", afirma.

Y es que ahora que conocen que sus hijos son disléxicos, la sombra de la culpabilidad se hace muy alargada y les atormenta. Que si se podían haber dado cuenta antes, que cómo han podido ser tan duras con sus hijos, si les han estropeado la infancia... Son preguntas comunes que les asaltan cada día y que son imposibles de resolver porque nadie está preparado para combatir algo que no conoce. "Yo me hundí a los ocho meses de venir aquí, cuando te das cuenta de que es para toda la vida y llega el nivel de frustración por haberle dicho que era tonto y tardas tres horas en hacer una línea de deberes", explica Carolina. "Yo me disculpé con Alaitz porque ella había puesto su fe en mí y yo no lo había hecho en ella", se emociona Izaskun.

indicativos Las alertas deben encenderse cuando se observen dificultades para las letras, para recordar los nombres de los colores, las seriaciones o en la falta de atención. Claro que estos indicativos no siempre se ven con claridad. La dislexia se camufla con facilidad y no es hasta pasados los primeros cursos cuando comienzan los problemas con la entonación y comprensión de los textos más largos. Es entonces cuando la intervención de los profesores se hace vital. Por ello, desde la Fundación Nuevas Clases Educativas consideran muy importante la formación de los profesores para que puedan aplicar técnicas que faciliten el aprendizaje y la demostración de los conocimientos de los niños disléxicos. Enseñar yendo a museos, con murales, dar más tiempo para hacer las pruebas, evaluar el progreso, no tener en cuenta la ortografía o hacerles los exámenes orales son algunas de las propuestas que los expertos consideran válidas para favorecer su proceso educativo.

Mientras tanto, para ayudarles a superar los obstáculos, en el centro siguen distintas técnicas como sustituir los signos de puntuación por semáforos o palmadas o emplear distintos colores de plastilina para diferenciar los pronombres de los artículos. "Al principio piensas que es una chorrada, pero luego te das cuenta de que funciona", comenta Carolina a la que no le pesa haber pagado el tratamiento de Jonathan. Lo mismo que Izaskun, que le recomendó la fundación después de haber recurrido a él cuando Alaitz era pequeña y al que retorna en estos momentos porque considera que su hija quizás necesite un segundo apoyo ahora en el Bachillerato. "Yo no apostaba por el centro. Llegué a pensar que mi hija tenía una discapacidad mental", recuerda.

Y, aún así, pueden considerarse de alguna forma afortunadas porque otros ni siquiera contaron con esa opción. Como María, que sabe que ha llegado a ser profesora por una cuestión de insistencia y de confiar en sus posibilidades. "El que tira la toalla, lo ha perdido todo. Cuando aceptas tu situación hay que lograr dar pasitos para ir superándose. Debemos hacerlo por nosotros y por los que están a nuestro alrededor", recomienda como filosofía para todos los que están en su misma situación.

Ella tiene ahora 40 años y entiende que hoy el sistema educativo está "bastante concienciado y con apoyos" que en su época no existían. "Cuando estaba en el cole, me daba cuenta de que los compañeros superaban los fallos de lectura y yo estaba estancada. Era consciente de que me costaba y empecé a estudiar más. El problema es que, cuando eres pequeño, no entiendes que para sacar un poco tengas que esforzarte mucho. Y yo metí muchas horas para sacar los estudios y licenciarme en Química". María es la viva imagen de que este trastorno se puede superar y de cómo viven sus afectados las consecuencias. "Me sentía en ridículo cuando leía delante de los demás y se reían, así que rehuía hacerlo. Luego decidí que tenía que superarme y me prestaba voluntaria en actividades aunque lo hiciera mal".

Y, aunque sin rencor, sí considera que sus padres podían haber hecho algo más. "Sabes que no ha sido con mala intención, pero te sientes un poco dolida, porque entonces me sentía un poco sola", afirma. Por realidades como la de María, Alaitz o su hijo Jonathan Carolina se muestra rotunda. "Te das cuenta de que alguien se ha cargado su niñez. Yo todavía estoy buscando al culpable". Y como ella, muchos otros padres. El paso adelante ahora está en lograr que cada vez sean menos los que tengan que pensarlo.

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